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Extensión de sentidos: sex shop

Girls WeekendLeonardo Quiroz

Una extensión de sentidos, prolongación de placeres, potencializador de  tamaños…Imitación del mundo animal, esclavización del hombre por el hombre, refugio de órganos sexuales sin vida, refugio de lo grotesco: Sex Shop.

handcuffs-1503841_960_720 ¡Hola, bienvenido!- saluda el encargado de la tienda al ver entrar a los posibles clientes. Los prospectos caminan a paso lento: dos segundos, aproximadamente, tarda cada pie en suceder al otro. Sus ojos miran al techo, después al suelo, miran a los lados. Tratan de no intimar mucho con el tendero, apenas y han contestado con un “sí, gracias”.

Se sueltan de las manos y penosos de siquiera hablar prosiguen. Él ve la lencería para dama. Por ahí hay uno con patrones de murciélagos estampados. Ella lo mira y sonríe. Le susurra al  oído. Continúan su recorrido y se detienen en la parte central de la tienda, la de los dildos. Ella toca uno de color negro, 30 centímetros, aproximadamente, de largo; un grosor de, quizá, 25 cm. La exageración de las medidas. Tamaños imposibles de alcanzar, pero no por ello imposibles de desear. Una atracción y deseo de tener mayor alcance, espacio, un orgasmo o por qué no…múltiples.

Observan el precio, se vuelven a mirar a los ojos. Prefieren irse por uno más sencillo, algo más estándar. Lo toman y de pronto se detienen a ver las “réplicas” de penes de actores porno. Ella las mira. Roza sus dedos lentamente por cada testículo, por el glande. Él la observa y hace un gesto de desacuerdo.  Siguen avanzando, definitivamente no se llevarán uno de esos.

Se detienen frente a los látigos de látex, esposas, fuetes… Ella toma un látigo y le da un ligero golpe a las nalgas de su compañero, apenas lo rozó. Él sonríe discretamente mirando la gama de productos para sadomasoquismo. En la portada de uno de los productos aparece una mujer con esposas en las muñecas sujetas a las columnas de la cama y un hombre semidesnudo al lado. Ella parece estar a disposición de su  macho, es su esclava. Está atada y posiblemente flagelada, pero no por ello menos excitada, menos mojada.

Al lado hay un dildo, pero en uno de los extremos tiene una cola esponjada, parece ser de zorra, la toman. Ríen y se susurran al oído. El encargado les dice: “es un pussy”  Y antes de que él prosiga con su explicación ellos ya le contestaron: “no, no, este, gracias”.

Del otro lado se encuentran los lubricantes, a base de agua y silicón. Se aproximan a ellos. Toman uno y leen las instrucciones. La lubricación que producen ambos cuerpos no es suficiente, requieren de más, nuevamente se intrigan por la extensión de sentidos, por abarcar más de lo que la naturaleza les ha dado. Hacer con lo artificial lo más natural: el sexo. ¿Ahí radicará la fantasía, en ir más allá de lo que su cuerpo está preparado a hacer?

Mientras la pareja discute si se llevan o no el lubricante, entra un hombre de traje sastre color azul, corbata atada al cuello y un portafolio en su mano. El empleado del lugar lo saluda. El trajeado le corresponde y dice rápidamente sin voltear a ver a su interlocutor: “¿unos condones de esos de sabores, en cuánto?”. El vendedor le muestra varios tipos de condones, todos de sabores, lo trata de informar: “este paquete es de varios sabores y contiene tres preservativos; el otro igual son tres y…” El comprador lo interrumpe, parece que se apena, contesta: “sí, sí éste por favor. No necesito factura. ¿Tiene una bolsa negra? Cóbreme”.

El proceso se agiliza. Recibe su mercancía, al igual que su cambio. Ni siquiera lo revisó, salió de prisa. El empleado comenta: “Aquí nadie requiere factura, a excepción de escuelas o cosas así, nadie le quiere dar a su contador un papel que diga que compró un dildo” Sonríe y cuenta el dinero que tiene en caja.

Un hombre de singular estatura, aproximadamente 1.50 entra a la tienda y con un tono preocupado e intimidado pregunta: “Buenas tardes, disculpe, una de esas cremas que sirven para que se tarde uno en venirse”. El vendedor le ofrece una crema retardante y unas pastillas. El pequeño hombre pregunta el precio, la calidad y las diferencias de cada uno. Se lleva las pastillas, desea alcanzar más de lo que su cuerpo puede, quiere prolongar el tiempo del coito, el chance de una buena cogida.

La pareja pasa a caja, paga, toma sus productos y se marcha. Cerca de la puerta del local pasa un hombre tomado de la mano de una mujer, ambos de aproximadamente 30 años de edad. Voltean al interior y hacen un gesto de repudio, él dice no con la cabeza y prosiguen. Para ellos quizá una tienda de extensiones y potencializadores signifique una grosería, el mal gusto en su máxima expresión, algo ridículo, algo grotesco, algo prohibido.

 

 

 

 

 

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