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Los verdaderos hombres sólo se dan en el Antifaz…pero unos a otros

Girls WeekendLeonardo Quiroz

-¿Es en Salto del Agua?

-Sí, saliendo luego luego.

-No ma, güe tengo miedo. ¿Seguro que no pasa nada?

-Te juro que no, sólo pasa lo que tú quieras.

Mi amigo y yo (él convenciéndome de ir al Antifaz por primera vez)

Sobre Eje Central 130 en el Centro de la Ciudad de México se halla una puerta negra, y no, no se trata de la puerta negra con tres candados . Esta puerta encierra muchos gritos y demasiado semen: El Club Antifaz.

En la entrada un hombre con cara de pocos amigos, cejas gruesas, moreno (de esos que se ennegrecen con el sol), brillante y no por su inteligencia, sino por su sudor. Me mira, no dice nada, sabe a lo que voy. Unas escaleras con poca iluminación son el siguiente paisaje.

De pronto, me topo con otra puerta negra, toco el timbre. Me abren. En cuanto pongo un pie dentro, una ola de calor me golpea, huele a lubricante, a condón y un poco a humanidad. Una voz chillona me dice: “Si te anotas, por favor”. Es el encargado, quiero suponer. La recepción es obscura, apenas una luz blanca ilumina lo necesario para que te anotes en una libreta, en ella hay tres columnas que solicitan tu edad, rol (pasivo, activo e inter) y hora de entrada. Me sorprendo pues hay de todo, más pasivos de los que yo desearía, los activos, como siempre, escaseando. Me anoto y le digo al emisor del timbre chillón que voy a entrar solamente con un bóxer, me cobra 60 pesos más 10 del guardarropa. Un poco mi lujuria y otro poco mis ganas de ahorrar: así es, entre menos ropa lleves puesta, menos pagas.

Dejo mis cosas, me pide una contraseña para recoger posteriormente mis cosas, se la doy…la contraseña también. ¡Ja,ja,ja,ja!

Al finalizar el trámite entro, atravieso una cortina negra. Frente a mí una peli porno, dos negros penetrando a un adolescente al parecer de escasos 20 años. Dos compas se agarran el bulto de su entrepierna. Lo masajean, suben y bajan su mano, tal parece que no quieren que su tremenda águila vuele. La sostienen con ambas manos.

Prosigo mi camino, vuelvo a atravesar otra cortina y los gemidos se vuelven más intensos, nalgadas y ruidos de lavado bucal por doquier.

Hombres que solo llevan truzas, tangas o bóxer pasan a mi diestra y siniestra. Unos me voltean a ver y se sacan el buen amigo que a muchos deleita, pero que no es exclusivo de uno solo. Digo en mi mente: “ése está chido, ése igual, ¿quién trajo a su abuelo?, sí me subo a ésa” y otras frases de alta alcurnia que mejor me guardo. ¡Ja,ja,ja,ja!

De pronto, veo una cara conocida y me digo a mi mismo “ya valió verga”. La esquivo. Camino. A menos de dos metros veo una orgía donde participan cinco hombres, y cuatro espectadores masturbándose.

Sigo caminando, vuelvo a ver la cara conocida, pero hago como si la virgen me hablara. Volteo detrás de mí y un hombre con aspecto de “señor casado”: caballero de ligera panza, barba, anillo en dedo (no sé si de compromiso o de matrimonio) y grandes brazos, me persigue. Él me gustó.

Camino, le doy la vuelta a todo el lugar, volteo y el mismo hombre tocando su erecto miembro. Camino a un privado (especie de cubículo con puerta) él se mete. Lo saca completamente…amo la lactosa.

Terminamos. Salgo, me pide mi número, no se lo doy ya que esto es casual o eso me dijo mi amigo la primera vez que me trajo.

Vuelvo a ver aquella cara conocida, he de confesar que me encantaba cuando estudiábamos juntos en la Universidad. Volver a verlo en el Antifaz me puso duro, también el corazón pues no me importó involucrar sentimientos. Hice como que no lo vi, pero él me alcanzó y fue inevitable coger, también cogernos de la mano. Nos metimos a un privado y dimos rienda suelta al cuerpo. No mencioné su nombre, ni él el mío. Solo nos reconocimos con una sonrisa. Terminamos. Yo, adolorido y cansado, me quedé sentado mientras veía como se iba.

Enseguida voy por mis cosas, me visto. El hombre del tono chillón me dice “¿Listo?” Me río y le digo sí, todo súper. Me ato las agujetas y salgo a la calle, dejo detrás un pequeño letrero que dice Antifaz. En la salida un hombre bien acuerpado espera, no creo que a mí. Lo veo, me enamoro y sigo caminando. Mientras, pienso en que sería bueno que alguien me invitara una buena comida china, pero no. Nadie. Me pierdo en la cotidianidad del Eje Central, o calle del Niño Perdido (como le llama mi abuelo, un boxeador tepiteño) Y vaya que, ¡qué perdidas se han dado ahí! De virginidad, de ilusiones, de corazones.

 

 

 

Leonardo Quiroz

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